miércoles, 22 de agosto de 2007

Globalización, comunicación y demás(es)

La idea que motiva este trabajo es la de intentar pensar, a partir del material proveído por la cátedra más alguna que otra lectura personal, la particular tensión que se nos presenta como futuros profesionales de la comunicación a la hora de articular nuestra producción —tanto teórica como también práctica, por qué no— con los actuales avances tecnológicos promovidos por el desarrollo conjunto de la ciencia y la técnica en el campo de las comunicaciones (adelantos claramente ‘arraigados’ en ese —nuestro— ámbito de intervención social) que nos plantea este ya no tan ‘nuevo’ mundo globalizado.

Esta última salvedad no es precisamente casual: todo lo contrario, muchas veces se habla de ‘comunicación’ (incluso muchas veces llegan a escucharse cosas como que una determinada vía de transmisión de información es la comunicación —mainstream’, como se dice ahora—, como si esa elevación por antonomasia del concepto que señala un fenómeno —advierto que esto ya se ha escuchado más de una vez a lo largo de la carrera pero nunca está demás señalarlo— mucho más vasto y complejo que el de la simple y lineal operación emisor-mensaje-receptor lograra siquiera aproximarse a una definición, no digamos ya ‘acabada’ —lo cual es, sabemos, de todas maneras científicamente imposible— pero sí al menos un poco mas profunda); muchas veces se habla de comunicación a secas —decía— olvidando ese particular ribete que dimensiona y completa nuestra próxima profesión, el de lo ‘social’.

Creo que esta es una sutil pero fundamental característica que no nos conviene olvidar en adelante si, como egresados de la universidad pública, pretendemos centrar nuestros esfuerzos en una labor que redunde —siempre— en beneficio de las mayorías. Ante tanta idea privatista[1] tan en boga en estos días respecto de la comunicación, creo que se vuelve necesaria —para nosotros, insisto, próximos ‘cientistas sociales’ de universidad pública— una ampliación de los horizontes semánticos del término comunicación para no perder de vista el sentido originario de la palabra (derivada del griego koinoonía, que significa a la vez comunicación y comunidad), que nos remite a la estrecha inherencia entre “comunicarse” y “estar en comunidad”; es decir, de estar con-los-otros.

Lo que debe fijarse con claridad es la idea de que ‘poner en común’ derechos y deberes, bienes y servicios, creencias y formas de vida (todo lo que constituye la esencia de la convivencia, de la comunidad y de la sociabilidad humanas), pasa por la capacidad previa de comunicarse, y depende del modo, forma y condiciones de dicha comunicación. La comunicación no es, pues, un epifenómeno agregado y sucesivo a la convivencia, sino un factum realmente esencial, intrínseco a la esencia misma del hombre como ‘animal social'[2]

I

¿Por qué insistir con esta idea? En primer lugar, como dijimos, para dar esa ‘batalla simbólica’ para ampliar los márgenes de la noción. En segunda instancia, porque la idea de lo ‘social’ nos lleva automáticamente a situarnos en los confines de una geografía (mas allá de las nuevas ‘redes’ y ‘territorios’ virtuales que se fueron acoplando a nuestra dinámica cotidiana con los adelantos tecnológicos desde mediados del siglo pasado a esta parte) en la que vivimos y nos desarrollamos materialmente. Un espacio singularmente ‘atravesado’ por estos avatares en el campo de la ciencia y la técnica que —ahora— han dado en llamarse ‘globalización’. No obstante, ciertas posturas sobre los efectos de este fenómeno, si bien no pueden tildarse de ‘apocalípticas’ señalan más de una consecuencia negativa en el orden de las sociedades latinoamericanas:

La globalización, más que un orden social o un único proceso, es resultado de múltiples movimientos, en parte contradictorios, con resultados abiertos, que implican diversas conexiones «local-global y local local» (...) es tanto un conjunto de procesos de homogeneización como de fraccionamiento del mundo, que reordenan las diferencias y las desigualdades sin suprimirlas (...) no sólo se desarrolla en pedazos, sino que los articula en forma paradójica o ambivalente[3].

La globalización, en su encarnación actual del capitalismo informacional des-regulado y competitivo, supera a los estados, pero articula a los segmentos dinámicos de las sociedades en todo el planeta, al tiempo que desconecta y margina a aquellos que no tienen otro valor que el de su vida[4]

Vemos de esta manera como dos autores latinoamericanos se posicionan en torno a este fenómeno. Por un lado, García Canclini y su visión ‘fragmentaria’ del proceso —una visión, como se aclara, si no exhaustiva al menos teóricamente fecunda al evitar los maniqueísmos de las tendencias totalizantes[5] del análisis— y por otra parte la idea supranacional de la globalización del chileno Manuel Castells que puede vincularse con otra de sus conceptualizciones como es la noción de ‘Estado-red’[6].

Pero volvamos al interrogante inicial: ¿cómo nos acoplamos nosotros desde nuestro lugar comunicadores sociales —argentinos y latinoamericanos— a este proceso? ¿Cómo hacer para insertarnos en un mundo cada vez mas ‘interconectado’ sin perder nuestra propia perspectiva (sub)desarrollada y periférica pero —y sobre todo— sin dejar que esa ‘condición histórica’ nos quite la posibilidad de (re)tomar lo mejor de nuestras particularidades culturales para articularnos con un mundo que —parece— estamos cada vez menos en condiciones de (no) elegir?

Lo que aquí nos planteamos es —mejor dicho, pretende ser— pensar cual podría ser la mejor manera de acoplarnos a ese proceso —¿o a esa nueva etapa de la Modernidad capitalista?— ‘histórico’ y ‘civilizatorio’ desde y con nuestras propias marcas histórico-sociales, es decir, sin negarlas ni ‘excluirlas’ sino, por el contrario, tratando de integrarlas a un mundo cada vez más ‘interconectado’ por redes tecnológicas; conectarnos —sí— pero, al mismo tiempo, siendo concientes de la imposibilidad de dejar de señalar las ‘consecuencias imprevistas’ (o ‘daños colaterales’ como los llama ahora la jerga militar) de semejante proceso. Esto es, intentando comprender que representa eso que la globalización ‘excluye’ para poder constituirse como Todo (tratando de dimensionar qué implica esa pérdida para nuestra(s) propia(s) Parte(s) argentina y latinoamericana). Porque como bien señala Néstor García Canclini,

(...) la globalización -o más bien las estrategias globales de las corporaciones y de muchos Estados- configuran máquinas segregantes y dispersadoras: producen desafiliación a sindicatos, mercados informales conectados por redes de corrupción y lumpenización, culturas audiovisuales opuestas a la cultura letrada. Dividen la cultura letrada en profunda y light, agudizan las oposiciones entre nacionalismos y hacen que consuman su folclor, en condiciones equívocas, los que siguen viviendo en el país natal y las masas que lo añoran desde otro. Así como unifican vastas capas de consumidores transnacionalizados, engendran asalariados empobrecidos que ven sin poder consumir, migrantes temporales que oscilan entre una cultura y otra, indocumentados con derechos restringidos, consumidores y televidentes recluidos en la vida doméstica, sin capacidad de responder en forma colectiva a las políticas hegemónicas. No sólo crean nuevas fronteras en el trabajo y en el consumo: les aumentan la eficacia al desconectar a los que podrían organizarse para atravesarlas o derrumbarlas[7].

En este sentido, Castells agrega que

El nuevo sistema global que se articula de acuerdo con esta lógica (el de la conexión bajo una forma de red de flujos de funciones, al mismo tiempo real y a escala planetaria) es a la vez incluyente y excluyente, de acuerdo con aquello que es funcional o disfuncional para los códigos de valor de estos flujos, básicamente asumiendo la rentabilidad económica como el criterio fundamental de inclusión/exclusión de las redes globales[8]

De acuerdo a estos análisis, puede verificarse con nitidez cual es el principio básico de funcionamiento de este proceso: el de inclusión de todo aquello que pueda generar algún tipo de rédito económico (‘tradiciones locales encapsuladas o estilizadas folclóricamente para exportarlas asociadas a las trasnacionalizadas de la comunicación’, apunta GC) y de exclusión de todo aquello que no se adapte a los requisitos de ‘eficiencia’ de la nueva economía. No obstante, como señala este autor —y como consecuencia de ese mismo funcionamiento de la economía— lo que también se ‘globaliza’ son los conflictos, las huelgas y los ‘cortes de carreteras’, como contraparte obligada de una trasnacionalización de los intercambios a los que no prosiguió ninguna globalización de la política:

Las diferencias históricas y locales persisten no tanto porque los poderes globalizadores sean aún insuficientes como porque su modo de reproducirse y expandirse necesita que el centro no esté en todas partes, que haya diferencias entre la circulación mundial de las mercancías y la distribución desigual de la capacidad política de usarlas. También porque la lógica de la desigualdad impulsa a los excluidos del trabajo, del comercio y los consumos unificados a revitalizar producciones artesanales o preglobalizadas, insistir en huelgas reprimidas o ignoradas, y cortar carreteras. Así como la mercantilización compulsiva de la publicidad interrumpe cada pocos minutos las películas, el relato de la globalización es entrecortado por la incorporación de intereses locales insatisfechos o excitados por las convocatorias maníacas a competir[9]

¿Cómo reagrupar, entonces, esos ‘fragmentos’ de globalización para poder otorgarles un sentido incluyente que, de la mano de lo mejor de los adelantos tecnológicos, pueda hacerlos funcionar críticamente entre los distintos ‘interlocutores’ que integran tanto los ‘nuevos’ como los ‘viejos’ territorios en que se desarrolla la comunicación? ¿Qué podemos hacer desde nuestro singular espacio de comunicadores para intentar contrarrestar esas ‘diferencias históricas y locales’ sin desdeñar los mecanismos que propone esta ‘globalización’, es decir, incorporando las herramientas que esta suministra al campo de la comunicación?

Sin duda, se trata de interrogantes de no fácil respuesta. De cualquier manera tampoco cabe duda que esas mismas respuestas —si se pretenden eficaces— no pueden ser sino políticas, en sentido profundo. Hablamos ya no de esperar ‘soluciones mágicas’ provenientes de príncipes iluminados (cuando en muchos casos no dejan de ser meros ‘candidatos’ que no logran sacudirse del todo el maquillaje del márketing electoral) o recetas preparadas por cartesianas instituciones como el FMI o el Banco Mundial —ni que hablar de esperar algún tipo de respuesta autorregulatoria por parte del sistema de medios de comunicación, que no es más que un círculo de empresas articuladas en función de lucrar con ‘bienes’ informativos— sino de buscar en lo más profundo de nuestras propias tradiciones elementos que nos permitan configurar nuevas formas de elaboración de ‘lo político’ (como sustrato conflictivo originario, como lo llama Eduardo Grüner) para ya no esperar los —casi siempre— desalentadores resultados de ‘la política’ que, en el mejor de los casos, nos propone ‘elegir’ entre engalanadas mercaderías electorales:

Pues ni la productividad social de la política es separable de las batallas que se libran en el terreno simbólico, ni el carácter participativo de la democracia es hoy real por fuera de la escena pública que construye el ecosistema comunicativo. Y entonces, más que objetos de políticas, la tecnología y la comunicación constituyen hoy un campo primordial de batalla política: el estratégico escenario que le exige a la política densificar su dimensión simbólica, su capacidad de convocar y construir ciudadanos, para enfrentar la erosión que sufre el orden colectivo[10].

II

Retomemos la idea de articular nuestra producción (y nuestro propio pensamiento) con el funcionamiento de las nuevas tecnologías en el ámbito de este nuevo ‘Estado-red’ que propone Castells. Es evidente la profunda mediatización que suponen los intercambios simbólicos entre los sujetos en la actualidad (si bien ya insinuamos algo respecto de lo que ocurre en el campo de la política, hay autores que profundizan en el análisis de las relaciones entre ésta y los medios masivos[11]), con lo cual ya no podemos imaginar a un político interpelar a su público desde un lugar que no sean los medios de comunicación masiva, como tampoco podemos retornar a un estado de comunicación ‘primitivo’ desligado de los artefactos tecnológicos que hoy la hacen posible (al mismo tiempo que permiten el borramiento de las fronteras, la dislocación de los espacios y la sucedánea desterritorialización de las identidades)

De cualquier manera, la nueva lógica de las redes nos ofrece la posibilidad de ‘conectarnos’ de manera instantánea con espacios y lugares remotos, algo lógicamente impensable para las antiguas figuras de la ‘razón moderna’. Tecnologías que se ‘arraigan’ en los cuerpos, que nos ‘afectan’ y que, si bien continúan estando asociadas a la acumulación de capital —para decirlo adornianamente— han incidido fuertemente en la nuestra dimensión comunicativa, al punto que para Martín Barbero

a lo que nos enfrenta el cambio tecnológico hoy es a un tipo de conocimiento en el que la construcción de la verdad pasa por la numerización de lo sensible y lo visible, base de la experimentación científica que posibilita la simulación en computador (...) O sea se trata de una simulación que no tiene nada que ver con los trucos de los sofistas o con el simulacro sino con una episteme distinta : aquella para la que entre lo sensible y lo inteligible, entre lo visible y lo pensable, no es ya necesaria aquella separación radical que estableció el platonismo, y a su modo prolongó el racionalismo cartesiano, pues ahora es posible construir mediaciones lógicas que mediante series de interfaces posibilitan fecundas formas de interacción entre lo uno y lo otro. No está de más recordar aquí con el computador no estamos ante la tradicional relación de un cuerpo y una máquina, relación dedicada al ahorro de fuerza muscular o de la repetición infinita de la misma tarea, sino ante una aleación de cerebro e información incomprensible por fuerza de la innovación radical que introducen las nuevas figuras de razón que ha posibilitado la razón técnica[12].

Siguiendo este razonamiento, bueno sería entonces bregar por el funcionamiento de una suerte de racionalidad crítica —si se nos permite abusar un poco del concepto— en el uso de las nuevas tecnologías en nuestro ámbito[13] lo cual no implicaría ninguna clase de negación de las mismas sino la necesaria comprensión de que ya no podemos ser inmunes (con perdón por la metáfora biologicista) a su ‘producción’, sobre todo, en el ámbito de la comunicación intersubjetiva. Y —no obstante— es justamente esto lo que tiene que ayudarnos a comprender que, como dice Martín Barbero siguiendo a Heidegger, “la tarea del pensar no se agota en la pregunta por la técnica” sino que debe ayudarnos a continuar preguntando.

La esencia de la técnica nos plantea entonces tanto la cuestión del develar pero también la del ocultar y el olvidar. Entonces lo que hay de peligroso en la técnica no es ningún demonio particular sino el propio “misterio de su esencia”. Si algo parecería ser la negación del misterio sería la técnica, y sin embargo Heidegger afirma que la técnica es un ámbito de misterio, y lo es en la medida en que el producir amarra el desocultar al ocultar, la innovación a la inercia del olvidar. Heidegger afronta esa zona misteriosa de la técnica con un poema de Hölderlin en el que se halla la frase “en el peligro crece también la salvación”. Lo que es traducido a la idea de que una técnica que amenaza agotarse en el albergar y el confiar está exigiendo al mismo tiempo de nosotros que nos hagamos cargo de la tarea de pensar, del buscar comprender la esencia del hacernos hombres[14].

Por otra parte, y en relación a esta cierta ‘cautela’ a la hora de manejarnos con las tecnologías, surge el dilema sobre cómo relacionarnos con las —hoy— omnipresentes ‘industrias culturales’, instituciones hegemónicas en esta ‘sociedad de la información’ de la que aparentemente ya no podemos ser espectadores marginales (¿es casual que se utilice la misma expresión para describir la actual imposibilidad de actuar políticamente que para señalar la calidad en la que asistimos a una sociedad hipermediatizada en la que somos testigos impávidos de algún tipo de ‘entretenimiento’ cultural?).

Sin embargo, allende los condicionamientos y las ‘determinaciones’ a las que nos somete este proceso, creo que hoy más que nunca es necesario librar una batalla ‘simbólica’ (para decirlo con Bourdieu) con el mercado —sobre todo en el ámbito de la producción de bienes culturales— sin negar sus mecanismos ni sus leyes de funcionamiento pero tampoco aceptándolas resignadamente, para lograr que las prácticas culturales y comunicativas de los sujetos tiendan a desarrollarse en un marco de una —estoy tentado a decir profunda, lo que quizás constituiría un oxímoron— ‘reflexividad empírica’, para tomar prestado ese término de la nueva fenomenología asociada a las ‘redes’. Porque, como bien afirma Martín Barbero[15], allí reside el nuevo dilema de la (post)modernidad: en la forma en que se resuelva disputa entre los conceptos de ‘valor’ y el ‘sentido’.

Encomiable sería tener como norte para nuestra futuras ‘intervenciones’ el objetivo de neutralizar los efectos perversos —fatalistas, desalentadores— de ciertas emisiones masivas. Intentar contrarrestrarlos mediante la intervención crítica de ese espacio comunicativo (aprovechando, principalmente, los medios públicos en ese sentido) para, desde ese preciso lugar, interpelar políticamente a las audiencias, lo cual no implica desdeñar ni las ‘estéticas’ ni las ‘narraciones’ generadas por los nuevos medios sino que, por el contrario, nos plantea el desafío de incorporarlas a esas nuevas ‘mediaciones’[16].

Al mismo tiempo, la hipótesis de una sociedad-red como la que proponen tanto Castells como Mires también sugiere potenciar las posibilidades de que la cultura letrada se expanda en el ámbito de las redes (el fenómeno de los blogs literarios y sociológicos en Internet es un caso interesante al respecto); donde los mensajes estén fuertemente inspirados por la lógica del debate intelectual (el de la argumentación y la refutación, sin caer en la descalificación del adversario), una tarea para la cual los medios de comunicación masiva[17] se están revelando —estimo que de manera cada vez más conciente y deliberada— palmariamente deficientes.

III

Animémonos —de paso— a indagar un poco sobre este otro fenómeno, paralelo al de la globalización, dado en llamarse ‘Sociedad de la Información’ (SI), o también llamada —¿eufemísticamente?— ‘sociedad del conocimiento’. De acuerdo a la óptica de Martín Becerra

Vista como producción histórica, la “Sociedad de la Información” trata efectivamente de transformaciones socioeconómicas fundamentales en la estructuración de las sociedades en los países centrales. La estructura económica es transformada y con ella el conjunto de relaciones sociales. En estas transformaciones, las tecnologías infocomunicacionales, notablemente las engendradas en torno a la microinformática y las telecomunicaciones, desempeñan un rol protagónico en el desarrollo de las fuerzas productivas. El salto tecnológico que permite reducir toda información a un código binario, y que alienta la hipótesis de que en los últimos treinta años se está produciendo una revolución informacional, se sustenta a la vez en el proyecto de la convergencia de soportes, lógicas industriales, culturas organizacionales, mercados y reglamentaciones de las principales industrias relacionadas con la producción, tratamiento, procesamiento, almacenamiento y distribución de información[18].

Siguiendo este pasaje, entendemos que la SI comienza por ser el resultado de modificaciones ‘estructurales’ en las economías de los países centrales que —gracias a este nuevo mundo interconectado que posibilitan los adelantos tecnológicos vinculados a la comunicación— se trasladan posteriormente a las regiones periféricas del planeta.

De cualquier manera este proceso no es lineal, lo que permite suponer encontrar diferencias a la hora de analizar como se fue configurando ese proceso en distintas latitudes:

(...) si hay una diferencia entre el carácter novedoso dentro del continuum del desarrollo capitalista, entre la morfología que va adquiriendo la Sociedad de la Información en Europa y en América Latina, por ejemplo, es que las políticas europeas tienen como preocupación básica la garantía de la cohesión socioeconómica, mientras que en la América Latina posdictatorial la fractura social y económica es un fenómeno estructural que no ha hecho más que agudizarse en los últimos años del Siglo XX. Esta tendencia no ha sido, hasta el presente, modificada por el advenimiento de la sociedad informacional sino que, precisamente, la creciente importancia de la información como insumo y proceso productivo en la configuración estructural de la sociedad acompaña, muchas veces profundizándolas, las líneas señaladas[19].

Por su parte, Martín Barbero si bien coincide con este autor al reconocer el carácter estructural de dicho fenómeno plantea serios reparos sobre la noción de ‘sociedad de la información’ (sobre todo a la homologación de ésta con la idea de ‘sociedad de conocimiento’)

Nos guste o no hemos empezado a habitar un nuevo modelo de sociedad, cuya denominación hegemónica es sociedad de la información, lo que podríamos rapidísimamente caracterizar –siguiendo la reflexión de M. Castells–, como un nuevo modo de producción estructuralmente asociado a un nuevo modo de comunicar que convierte al conocimiento en una fuerza productiva directa. A lo que habría que añadir otro rasgo clave: la sociedad de la información es la puesta en marcha a nivel mundial de un gigantesco proceso de interconexión de todo lo que informacionalmente vale (empresas, instituciones, pueblos, individuos) mientras es al mismo tiempo un gigantesco movimiento de desconexión de todo lo que no vale porque no se deja informatizar. Estamos, pues, ante un concepto y un proceso de información que mediatizan el valor de lo que hoy caracteriza más profundamente al movimiento de mercantilización, de transformación de los productos en mercancías (...) si de un lado la categoría del conocimiento aparece aun como sinónimo del saber por excelencia, el científico —frente a la primariedad de la información— hoy es incluso el saber científico el que en su producción está cada día más moldeado por el proceso de la informatización. A lo que llamamos “sociedad de la información” es justamente a aquella en la que la información se ha constituido, se ha convertido, en ingrediente estratégico de cualquier proceso de producción de conocimiento[20].

Hasta aquí tenemos algunos conceptos bien definidos (carácter estructural de las transformaciones socioeconómicas, diferencias en la modalidad en que se inscriben dichos procesos en distintas regiones del globo, informatización de los procesos de producción de conocimiento). Ahora bien, ¿cabe preguntarnos cuáles son las implicancias sociales —y sus consecuentes efectos ‘simbólicos’— entre nosotros? Si los procesos comunicacionales y los de producción de saberes se informatizan y se convierten en saberes especializados cada vez más hegemonizados por ‘expertos’ en comunicación, ¿dónde va a parar el derecho a la comunicación de nuestras sociedades?

Estamos dentro de una sociedad de la información que obtiene su dinámica central dela conversión de la información y del conocimiento en fuerza productiva directa, pero se trata de una sociedad estructuralmente escindida y excluyente, ya que en ella el conocimiento denomina el mundo de los saberes productivos ya sea en el ámbito académico que vive de sus réditos culturales, o el ámbito tecno industrial que cada día en mayor grado vive de su rentabilidad comercial; mientras la información hegemoniza el ámbito de los medios masivos, que son los que trazan la agenda y ordenan la visión cotidiana del mundo de las mayorías, y en el que la voz que agenda y ordena es cada vez menos la palabra de los ciudadanos y cada día más desvergonzadamente la “voz de su amo [21].

Y en el supuesto caso de que los conocimientos se socialicen, ¿cuál es el estatuto de esos saberes? ¿En qué sentido pueden contribuir a mejorar nuestra convivencia? Porque si hay algo que es cada vez mas evidente respecto de los medios masivos (particularmente, en el caso de la televisión) es su carácter autorreferencial y sus efectos degradantes sobre la cultura letrada[22]. Desde ya que no alcanza con que los medios masivos se preocupen por ‘distribuir’ este tipo de cultura entre las audiencias —y ahí está ese bello texto de Omar Rincón[23] a modo de ejemplo— pero resulta preocupante la manera en que un medio con semejantes alcances y ‘efectos’ se empeña en deformar la misión de la educación, quizás una de las pocas instituciones republicanas medianamente ilesa luego del vendaval neoliberal de los últimos años.



[1] Aclaro que esto no es más que una sensación, pero me parece que hay una noción de ‘comunicación’ que circula socialmente —acicateada fundamentalmente por los medios masivos y por ciertas ‘industrias culturales’ regidas fuertemente por la lógica del mercado— y que tiene un sesgo marcadamente privativo, que reduce un fenómeno que nosotros entendemos como un ‘espacio de conversaciones en que construimos el mundo’ (Pasquali; Flores; Maturana) al simple conocimiento de técnicas de construcción de un tipo de mensaje comunicacional.

[2] PASQUALI, Antonio. Comprender la Comunicación. Monte Avila Editores. Caracas, 1979.

[3] GARCÍA CANCLINI, Néstor. “La globalización en pedazos. Integración y rupturas en la comunicación”. Revista Diálogos de la Comunicación Nº 51, mayo de 1998.

[4] CASTELLS, Manuel. “La era de la información”, Editorial Alianza, 1999.

[5]Pensar sobre lo global exige trascender estas dos posturas: la que hace de la globalización un paradigma único e irreversible y la que dice que no importa que no sea coherente ni integre a todos. Puesto que la globalización está hecha en pedazos, acabemos con las operaciones metonímicas que toman la parte por el todo”. GARCÍA CANCLINI, Néstor, Op. Cit.

[6] En términos de este autor, el Estado-red sería la manera en que se organizan las sociedades a partir de la incidencia de las nuevas tecnologías de información y comunicación. Gracias a éstas, la forma de dominación tradicional de los (antiguos) Estados-nación, la interpelación simbólica, perdería terreno ante el surgimiento de nuevas identificaciones como las que se entretejen en torno —por ejemplo— a la sexualidad, a las minorías étnicas; y que se caracterizan por ser ‘plurales’ y ‘comunicables’, lo que permitiría la articulación política entre la nueva lógica que gobierna el ámbito global con los desafíos de integración de lo local. Fernando Mires ha manifestado posturas similares al respecto (v. Entre la globalización y la glocalización. La sociedad de redes, en revista Chasqui Nº 67. Septiembre de 1999)

[7] GARCÍA CANCLINI, néstor. Op. Cit.

[8] CASTELLS, Manuel. “Globalización Identidad y Estado”. Editorial Alianza. PNUD-Gobierno de Chile, 1999.

[9] GARCÍA CANCLINI, Néstor. Op. Cit.

[10] MARTÍN BARBERO, Jesús. “Razón técnica y razón política. Espacios/tiempos no pensados”, lección inaugural que el autor presentó en la apertura del segundo semestre del 2003 en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Bogotá y que ha sido publicado por ésta en la colección Grandes Conferencias, N° 3, febrero del 2004. El subrayado es nuestro.

[11] En este sentido MARTÍN BARBERO ha señalado que “más que a sustituir, la mediación televisiva o radial ha entrado a constituir, a hacer parte de la trama de los discursos y de la acción política misma, ya que lo que esa mediación produce es la densificación de las dimensiones simbólicas, rituales y teatrales que siempre tuvo la política. (...) Porque el medio no se limita a vehicular o traducir las representaciones existentes, ni puede tampoco sustituirlas, sino que ha entrado a constituir una escena fundamental de la vida pública (...) En los medios se hace, y no sólo se dice, la política. Y la presencia de esas dimensiones afectivas y rituales, que el medio de comunicación potencia, no despolitiza la acción sino que reintroduce en la racionalidad formal las mediaciones de la sensibilidad que el racionalismo del “contrato social” creyó poder (hegelianamente) superar. Ibíd.

[12] MARTÍN BARBERO, Jesús. Op. cit.

[13] Sobre este punto, imagino el ejercicio de la comunicación en un sentido amplio que abarque sobre todo áreas sensibles para el desarrollo de la sociedad como por ejemplo—por citar un caso paradigmático— la educación (¿de qué manera contribuir a generar las condiciones para generalizar el acceso a las nuevas tecnologías por parte de los actores vinculados a ese ámbito? ¿cómo articular nuestra producción con la tarea docente?)

[14] MARTÍN BARBERO, Jesús. Op. cit.

[15] Este autor señala que las industrias culturales (en realidad, los directivos de esas compañías dedicadas al desarrollo de productos de consumos culturales masivos) han logrado darse cuenta que, al mismo tiempo que sus actividades generan valor económico también producen sentido social.

[16] Señales como el canal educativo Encuentro o el ciclo de flashes televisivos Diccionario Argentino que emite Canal 7, me parecen significativos indicios en este sentido.

[17] Pienso, sobre todo, en la televisión.

[18] BECERRA, Martín. “La sociedad de la información”, lección del Portal de la comunicación In-com-UAB, Instituto de la Comunicación, Universidad Autónoma de Barcelona, Barcelona, España , año 2003. (http://www.portalcomunicacion.com/esp/n_aab_lec_1.asp?id_llico=11)

[19] Ibíd.

[20] MARTÍN BARBERO, Jesús. “Desafíos estratégicos de la sociedad de la información a nuestras culturas”, conferencia en el VI Encuentro para la Promoción y Difusión del Patrimonio Inmaterial de los Países Andinos, Medellín, Colombia, 2005 (http://www.c3fes.net/docs/memoriasbarbero.pdf). El subrayado es nuestro.

[21] Ibid. El subrayado es nuestro.

[22] Al respecto, véase la interesante nota ¿De qué color es el caballo blanco de San Martín?, en suplemento Radar, diario Página/12, 12-8-2007.

[23] “Medios públicos: de la retórica ilustrada al activismo y experimento estético”, en revista Los oficios terrestres nº 18, año XII. Facultad de periodismo y comunicación social, UNLP, 2006.