miércoles, 22 de agosto de 2007

'Identidad nacional' y Literatura

“La literatura argentina comenta a través de sus voceros la historia de los sucesivos intentos de una comunidad por convertirse en nación”, sostiene David Viñas en su aguda Literatura argentina y política, trazando una perspectiva que le permitirá encontrar dentro de este complejo ámbito comunicativo los “momentos de emergencia” en que los escritores “dejan de ser literatos para considerarse autores”. Es decir, los momentos en que el sendero de la literatura se yuxtapone con el de la actividad política y configura un espacio particular en el orden de lo cultural; y que puede rastrearse a lo largo de nuestra historia como país, evidenciándose con mayor fuerza, quizás, en los momentos en que esa identidad nacional (categoría imaginaria por excelencia, como sabemos) se problematiza como intento de garantizar una “autonomía” y una “autenticidad” como “significación totalizadora”, en la lucha de los grupos sociales por imponer su proyecto.

Por cierto que no toda nuestra literatura fue (ni mucho menos es, en la actualidad) política, en sentido estricto. Los matices son evidentes, claro, porque la historia nunca es igual-a-sí-misma. Se repite, si, pero con las tonalidades y los visos con los que la recubre cada episodio temporal con sus particulares históricos. No obstante, hay constantes que se vuelven ostensibles en una lectura de largo plazo como la de Viñas: el viaje al centro (con sus variantes europeas o norteamericanas); la asunción ­­—como “autodefensa”— de una nacionalidad literaria, como reacción ante lo otro que amenaza; la siempre compleja y problemática relación de los escritores con el poder. Elementos que se repiten pero que, fundamentalmente, se “actualizan” en cada coyuntura al estar sujetos a la materialidad de la historia.

Esta perspectiva no intenta, desde ya, reducir la literatura a la política (lo cual implicaría soslayar un análisis de las “particularidades estéticas” de los textos, con la riqueza teórica que presupone una lectura profunda de las mismas) sino ampliar los márgenes de lo que comúnmente se entiende por política, al no acotarla exclusivamente al espacio de lo político-institucional. Y es éste, precisamente, el ánimo del presente trabajo, en el que se intentará poner en evidencia los momentos más significativos en que —desde la literatura— se visibilizan los gestos ideológicos de un grupo que “a través de sus voceros” reacciona en defensa de lo nacional.

I

El mecanismo no es nada nuevo, a esto lo sabemos: para constituir una identidad se necesita una alteridad, alguien ante el cual pueda reconocerme como diferente y reafirmar mi subjetividad. Y si en un primer momento, allá por 1837, de lo que había que distanciarse —desde un “yo social”, como comunidad nacional— era de lo español (ya que después de haber alcanzado la autonomía política, el paso subsiguiente era la independencia cultural, mediante una síntesis entre lo europeo y lo americano como postulaba el programa original del Dogma Socialista de Echeverría), posteriormente ese otro fue variando en su forma y cargándose de negatividad, convirtiendo esa síntesis en evidente dicotomía: si en un principio la alteridad se encarnó en los “gauchos malos” y “bárbaros” de Sarmiento, con los primeros resultados del programa civilizador, ese lugar vino a ser ocupado por la “plebe ultramarina”, con todos sus “vicios” y sus “enfermedades”, denunciados primero por Cambaceres y Cané, y ya en los albores del centenario, por Lugones, Gálvez y Becher.

Pero volvamos a la generación del 37: sin duda, su programa estuvo fuertemente influenciado por las ideas y los tiempos políticos que sobrevolaban Europa en ese momento. El romanticismo, como “escuela e ideal”, propugnaba con énfasis la emergencia del “color local” y sus postulaciones sobre una “literatura nacional” eran explícitas[1]. De esta manera es como puede entenderse —incluso— la presencia de figuras “orientales” en el Facundo (v. Ricardo Piglia, Notas sobre Facundo, en Punto de Vista Nº 8, 1980): Sarmiento nunca había viajado a Oriente, dice Piglia en ese ensayo, y todos los elementos de ese extrae de allí para compararlos con los de la nuestras “llanuras” provienen de sus lecturas de escritores europeos que relataban sus expediciones por esas latitudes desde la mirada europea de una burguesía en expansión.

Fue una suerte de efecto hipnótico: la fascinación de nuestros escritores por la cultura (y la literatura) europea los llevó a creer que esta tarea de “importación cultural” —como la han llamado Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano— era un paso decisivo a la hora de construir una “nueva cultura”. Y esto era lógico en un país que era visto como un “desierto”, una “llanura propensa al despotismo” que era necesario “civilizar” con la llegada de las “ideas” y los “brazos” de los europeos:

La imagen del desierto organiza buena parte del programa del 37: la Argentina como un territorio deshabitado, como espacio prehistórico y pura naturaleza, donde los indios y la cultura hispano-criolla colonial no cuentan en la producción de una cultura posrevolucionaria (...) La paradoja exige que el nuevo arte refleje las costumbres y civilización argentinas y, al mismo tiempo, las funde[2]

Sin duda, para estos hombres había algo que estaba muy claro: si en 1810 nos habíamos declarado libres respecto de España, era hora de “divorciarnos completamente” de las “tradiciones peninsulares” y emanciparnos “como supimos hacerlo en política”. Y si Alberdi resulta más categórico que J. M. Gutiérrez al insistir en la idea de que “el españolismo es lo anticuado”, Sarmiento subrayará con énfasis y culminará la secuencia: “(...) escribid con amor, con corazón, lo que os alcance, lo que se os antoje. Que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a veces sea inexacto; agradará al lector, aunque rabie Garcilaso; no se parecerá a lo de nadie; pero, bueno o malo será vuestro, nadie os lo disputará (...)”[3]. Caerá sobre los “letrados”, entonces, la doble tarea de ser originales, rompiendo con el pasado colonial y producir, a partir de las ideas “leídas en libros franceses”, una nueva cultura.

Cabría entonces preguntarnos qué tipo de correlación mantuvo este programa civilizador con la sociedad civil rioplatense de aquella época; esta “filosofía de la carencia” asumida por los jacobinos porteños ¿no se vinculaba dialécticamente con la falta de una oposición política al gobierno de Rosas? ¿Cuánto tuvo que ver el carácter “lábil y en formación” de la sociedad argentina de aquel momento con la asunción de esta tarea pedagógica por parte de estos escritores nacionales, muchos de los cuales desarrollaron su labor intelectual desde el exilio?

La idea de pérdida, de caída, de privación de una herencia que obsesiona a los personajes de la literatura, bien podría ser traducida en términos de vida pública, en un espacio donde los miembros de la Joven Argentina juzgaban que la política encarnada por Rosas los había privado de un poder que hubieran debido ejercer sobre las bases de una doble razón: sus ideas y su juventud. Esta desposesión es un límite considerado ilegítimo e injusto. Con esta certeza que funda una psicología de la insatisfacción se relaciona el deseo de producir aquello que precisamente falta: una nación, una cultura[4]

Y, a riesgo de caer en extrapolaciones impertinentes pero con el ánimo de abrir una sana polémica, ¿no preanuncia, acaso, esta situación la disputa política entre Montoneros y Perón, luego de la vuelta del líder en 1974? Porque si el Cordobazo de 1969 es un síntoma evidente de la falta de apertura por parte del sistema político respecto de una sociedad altamente movilizada y que bregaba por un mayor espacio de participación en la vida pública, con la llegada de Perón y —fatídicamente— con quienes lo secundaron en el poder luego de su muerte este conflicto no encontró una respuesta efectiva. Y la radicalización de escritores como Francisco Urondo, Haroldo Conti y Rodolfo Walsh no hace más que dar cuenta de ello. Claro que aquí los signos se invierten, y si el nacionalismo de la Generación del 37 es —paradójicamente— aperturista y modernizante, el de la militancia peronista de 1970 hundirá sus raíces en lo profundo de la sociedad para recuperar elementos que permitan configurar una “Verdad” argentina, una nueva “voz” que a la vez sea nacional y popular[5].

II

Decíamos que el programa consistía en consolidar una identidad nacional, una “cultura argentina” que, al tiempo que se lograba una organización institucional y jurídica, coadyuvara a reforzar esa unidad política que se necesitaba como nación moderna. Ese era, resumidamente, el programa de las Bases de Alberdi, programática esbozada hacia mediados del 800 pero que se cristalizará recién con la generación de 1880 y el apogeo de la oligarquía liberal.

No había demasiadas opciones: nos habíamos despojado de las “cadenas” del coloniaje y, por lo tanto, el paso posterior consistía en insertarnos en ese sistema-mundo capitalista (el cual tuvo mucho que ver con nuestro propio proceso independentista), y para ello era perentorio hacerlo desde un lugar y mediante un legado que nos identifique como país.

Como apunta Eduardo Grüner,

la noción de ‘Identidad’, acuñada originariamente para hablar de los individuos, pronto se trasladó al ámbito de las sociedades, y empezó a hablarse de Identidad nacional. Otra necesidad burguesa, evidentemente, estrechamente vinculada a la construcción moderna de los Estados nacionales. Es decir: de la estricta delimitación territorial y política que permitiera ‘ordenar’ un espacio mundial cada vez más ‘desterritorializado’ por el funcionamiento tendencialmente (como se dice ahora) globalizado de la economía. La construcción de una ‘identidad’ nacional en la que todos los súbditos de un Estado pudieran reconocerse simbólicamente en una cultura compartida fue desde el principio un instrumento ideológico de primera importancia. Y desde el principio la lengua -y, por lo tanto, la Literatura, entendida como institución- fue un elemento decisivo de dicha construcción[6]

No obstante, y como consecuencia de nuestro particular modelo emancipatorio respecto del “centro”[7] (y debido a esta manera caótica y problemática de sumergirnos en este proceso “globalizador” como producto de la decisión de nuestras propias clases dirigentes), esta idea de consolidar una identidad no fue una tarea fácil. Más bien, podría decirse que la misma encontró grandes escollos, justamente en el plano de la cultura y como consecuencia de los “resultados” del modelo inmigratorio, como se verá. Por lo que este esfuerzo por afianzar una identidad que nos represente ante el mundo —o por definir un espíritu argentino mediante esa abstrusa metafísica del “Ser nacional” con la que tantas veces se intentó esencializar nuestra conflictiva cultura, ese eterno “campo de batalla” bajtiniano que es la cultura del Río de la Plata— gravitó fuertemente en el ámbito de la literatura, donde llegó a configurarse un campo ideal para poner en marcha esta propuesta marcadamente ideológica.

Y aún así, como sostiene Grüner, más allá de las “defensas” o los rechazos a este programa provenientes tanto de ‘derecha’ como de ‘izquierda’, lo que nunca llegó a cuestionarse seriamente este mismo origen ficcional de la idea de “identidad nacional”. Es como si la misma se hubiese dado “más o menos por sentada”, cuando no era más que una “idea utilizada por los propios Imperios europeos como emblema de una ‘superioridad’ nacional justificadora del colonialismo que, sin embargo, “no dejó de tener efectos simbólicos importantes en la resistencia al propio Imperio”.

Para el sociólogo,

si bien en todo intento de definir una cultura ‘nacional’ o ‘regional’ la Literatura, tiene un papel decisivo, en el caso de Latinoamérica fue el espacio dominante -y casi nos atreveríamos a decir el único relativamente exitoso- de construcción de tal cultura: es como si dijéramos que la plena y conciente asunción de una materia prima ficcional fue la sobresaliente forma de praxis en la articulación de una ‘Verdad’ latinoamericana que pertenece en buena medida al orden de lo imaginario[8]

Y cierra el pasaje arriesgando una sugestiva hipótesis:

(…) tal vez la gran Literatura latinoamericana sea el subproducto paradójico, en el plano de lo imaginario, de la impotencia de una praxis política y social renovadas en el plano de lo real (...) Tal vez pueda decirse, remedando aquél famoso dictum de Marx, que los latinoamericanos hemos hecho en la pluma de nuestros escritores la Revolución, la transformación profunda que aún no hemos podido hacer sobre el equívoco originario que ‘oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos’ [9].

III

Literatura y clase social comienzan a verificarse como una constante desde el período inmediatamente posterior a Caseros (1852) hasta llegar a la primera década del siglo veinte, con el advenimiento del proceso que se conoce como “profesionalización de la literatura”. Y si con El Matadero (1838) de Echeverría —considerado el primer texto literario nacional— y Facundo (1845) de Sarmiento, la literatura nace “politizada” por la ideología liberal, con el ciclo de novelas “con nombre de mujer” que inaugura Amalia (1851), de Mármol, y que se prolonga con Esther (1898) de Cané y Stella (1905) de Cambaceres, este proceso se corrobora como ademán de un grupo social que reacciona ante los vaivenes de la realidad política, apelando a todos los medios que tenga a su disposición: ya sea desde la “arena sangrienta” del periodismo o desde una literatura dirigida a un público mayoritariamente femenino y culto que constituía el ámbito de recepción por excelencia de ese discurso y donde las causeries de Mansilla constituirán la mediación más refinada.

Obviamente que hay matices, desde ya. Porque si detrás de la figura de Mitre y La Nación se encolumnan los “peregrinos” que se fueron del país con Rosas y regresan con la “juventud” y la “violencia”, apelando a Moreno y Monteagudo como modelos, con la consolidación del régimen oligárquico del 80 ese estilo crispado se atenúa y sintomatiza la “bonanza” de ese período. No obstante, el “positivismo inicial” de 1850 caracteriza una época en que la literatura no puede pensarse escindida de la política y, por ende, donde no puede revestirse de un carácter que no sea “utilitario”. Para los grandes románticos, “jefatura y teoría política se superponen”: es el esplendor de los escritores-jefes.

(...) escribir es un acto social riesgoso como la guerra, y el escritor un militante que, expulsados sus humores, está “dispuesto al sacrifico”. (...) Escribir y luchar se dan como revés y derecho de un mismo acto al ser interpretados en sus motivaciones y sus características: se escribe con violencia y se pelea literariamente; el soldado es publicista y a partir de ahí toda su actividad se proyecta sobre ese escenario exterior y se expone con el ritmo acelerado de quien “escribe día por día, a la faz de todo un pueblo” [10]

Derrotado Rosas, el país se les presenta “libre” y preparado para el desarrollo de los “intereses materiales”. La “burguesía porteña” tiene el país “entre las manos, próximo, duro y virgen; lo extrañaron, lo paladearon en sueños, lo insultaron o lo magnificaron. Ahora a la faena”, dice Viñas. Es hora de poner en práctica el programa alberdiano de inmigración que traerá el “progreso para nuestro Patria”. Y fundamentalmente, como movimiento complementario, hay que luchar contra los indios: “hoy nos hallamos en peor estado que el primer día en que emprendimos nuestra cruzada contra los salvajes, y hoy una parte considerable de nuestro territorio se halla en poder de la barbarie”.

¿Quiénes apoyan entonces al general Mitre, el “joven jefe burgués”?, se pregunta retóricamente este autor. Lógicamente, a quienes él interpreta y de quien es su vocero: “los hacendados de la provincia de Buenos Aires”, como “núcleo social-económico clave”. Y si Cepeda lo vuelve “cauteloso”, Pavón “inaugura su apogeo personal con la presidencia y la guerra”. Después Sarmiento lo “oscurece” y bajo Avellaneda, la juventud que rodeará a Roca (Wilde, D’Amico, Mansilla) se animará a “titearlo”. Ha llegado la hora, para la burguesía, de pensar en “otro jefe” y la figura de Roca ya despunta en el horizonte.

Era evidente. Con Mitre en el poder, el programa de “civilización y progreso” se había implementado a medias y sólo había traído beneficios para Buenos Aires en detrimento del resto de las provincias. Por eso “necesitamos a todo trance por todos los medios, aumentar nuestra población. Necesitamos brazos, brazos y más brazos para precipitar nuestro crecimiento” y poder para “luchar contra los resabios del pasado”, tal como le escribe Roca a Cané en agosto de 1882. “Necesitamos transformar esta América en América inglesa”, dice Dardo Rocha en 1881, citado por Viñas que concluye:

El imperialismo pujante como manifestación expansiva de la burguesía victoriana mantiene una unidad en su acción: Mitre le es útil luego de Caseros y le conviene su eficacia porteña (...) Cubiertas y rebasadas las posibilidades de Buenos Aires, Roca es el hombre indicado (...) Entonces el signo del 80 no es sólo el desquite de las provincias frente a la capital centralizadora, sino también, y sobre todo, continuidad en la línea mayor de una ideología y grupos de repuesto entre una élite directora. El imperialismo jamás trabajó a una sola punta; sus teóricos preconizaban las ventajas de hacerlo a varias teniendo muy en cuenta las posibilidades de repuesto.[11]

Hay un “circuito que se ha cerrado”. Del Mitre “agresivo” de Caseros al Mitre “contemporizador” del 80, donde su “fanfarronería” se “compagina con las necesidades más generales de su clase”. Se ha pasado del “campamento” a la “biblioteca”: si en 1850 a los románticos “un demonio íntimo los corroía por dentro”; en 1900, dice Viñas, “les conviene una dieta más económica que restaure su sustancia interior”:

Mitre lo presiente. Y a partir de ahí es que va a dibujar la interpretación de la historia argentina que no sólo se convertirá en canónica, sino en la versión que lo ubica a él mismo en el centro del escenario. Su fervorosa y prolongada pasión por las biografías de los ‘héroes epónimos de la nacionalidad’ resulta una suerte de jardinería y de estatutaria típicamente liberales con el prócer al fondo de un cantero que va ascendiendo, así como un ejercicio e introducción a su propia biografía apologética[12]

IV

Es en este contexto donde hay que ubicar a las causeries de Lucio V. Mansilla como elemento de mediación en la relación literatura/ público. Y, como se ha señalado, la literatura argentina desde mediados del siglo XIX en adelante —aunque, quizás, verificándose con mayor nitidez durante el último cuarto de ese siglo, luego de la derrota de Mitre a manos de Avellaneda— será monopolio y exclusividad de un grupo: la oligarquía liberal victoriana. Y si la producción de Mansilla coincide con el proceso que va desde la Conquista de Roca (1879) a la segunda presidencia de éste (1898-1904), su obra “se va definiendo como una novela-clave fragmentada” al estar condicionada por el “ocio” de esa época y “articulándose en torno a sobreentendidos, complicidades en el juego de lo que se dice a medias” y “adelantando incluso sus medias palabras como rechazo creciente y lateral del realismo”:

(...) desde un comienzo Mansilla recorta con minuciosidad creciente el perfil del público al que se dirige. La búsqueda del lector, la dirección de su literatura son manifiestas; de su clase provienen los protagonistas y los destinatarios de su obra[13].

Y basta con echar una hojeada al sistema de “dedicatorias” con las que el mismo Mansilla engalana sus textos: desde su “amigo Eduardo Wilde” al “Excmo. Señor Doctor Don Carlos Pellegrini, los hombres representativos de una clase se hacen presentes a través de este “saludo ritual” justificado en la literatura. “A través de sus dedicatorias —dice David Viñas— Mansilla nos pasea por sus libros como por una gigantesca sala de retratos oficiando de cicerone: éste es Mi cuñado, a la izquierda Mi abuelo, a la derecha Mi gran amigo, todos somos Amigos”. No obstante, a través de estas dedicatorias Mansilla

no se restringe a exhibir los límites de su clase como público real sino también a verificar la consistencia de ese grupo en su pasado como inspiración, purificación y posible repliegue, en su presente como posesión, y hacia el futuro como garantía (...) La oligarquía a través de él verifica sus signos sacros de resistencia al cambio[14]

Todo en Mansilla tiene un dejo de complicidad y cercanía; el aire epistolar y conversacional de ciertos vocativos subraya el tono intimista de su escritura. Él sabe muy bien a quiénes se dirige: “son éste, ése y aquel; mas allá no hay nadie o lo que se insinúa no le interesa como público, son los otros que carecen de identidad e interés; pero de su auditorio conoce minuciosamente quienes son los padres, de dónde viene, en qué anda, cuáles son sus gustos, los muebles de su casa, sus queridas y sus miserias”.

Es el estilo de comunicación del clubmen, recinto recoleto pero a la vez “doméstico” donde los señoritos del 80 pululaban “sin la perturbación de lo familiar” y donde ponían en práctica todo su arsenal de ademanes caballerescos. Hablamos del Jockey Club, el Club del Progreso o el Círculo de Armas, lugares que reenvían a “los reglamentos, los apellidos y a la continuidad de una clase” y que se diferencian en cuanto a sus códigos comunicativos respecto de la “plaza” y la “tribuna” que frecuentará Alem. Para Viñas, Mansilla

al confundir la ética con los ritos de la etiqueta hará del principio de placer un imperativo categórico y su obra se inscribirá entre el pasatiempo, la anécdota y el bienestar, adulando a su público, no queriendo ver más allá del horizonte que lo define y tranquiliza. Literatura de lo dado —por consiguiente— que si no cuestiona tampoco exalta, su temperatura media apunta hacia los datos interpretándolos como cosas naturales: es lo que lo hace exclamar: “Habrá siempre señores y esclavos, pobre y ricos” o “Las cosas están bien como son”[15]

Y si en Mansilla la entonación remite a exclusividad y distanciamiento, con Cané —otro intelectual del período roquista, primer rector de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires (1896) y factótum de la Ley de Residencia de 1902— esa voz se vuelve trémula y se carga de negatividad:

Mira, nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, que es hoy la base de nuestro país. ¿Quieren placeres fáciles, cómodos o peligrosos? Nuestra sociedad múltiple, confusa, ofrece campo vasto e inagotable. Pero honor y respeto a los restos puros de nuestro grupo patrio; cada día, los argentinos disminuimos. Salvemos nuestro predominio legítimo, no sólo desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuanto es posible, sino colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos nuestras compañeras, entre ellas las encontrarán nuestros hijos. Cerremos el círculo y velemos sobre él[16]

La “defensa de lo interior” se condensa en la figura de la mujer (ideal de pureza del linaje por metonimia) mientras que “lo exterior” (la realidad, el devenir histórico) connota una evidente negatividad: es la “invasión de los recién llegados” a quienes se ve como “trepadores”, “logreros” y “potenciales violadores”, cerrando un círculo que se había iniciado con el ultraje al ‘cuerpo’ del unitario de El Matadero y a la ‘casa’ de la protagonista de Amalia.

De la exclusividad, el distanciamiento y la descalificación se pasará a la defensa, las persecuciones y la expulsión. Los hombres nuevos son los otros; y plantear al otro con ese tono implica un maniqueísmo donde la alteridad se identifica con la negación; es decir, los otros son el mal[17]

V

Si el éxito de las causeries de Mansilla coincide con el período que va de la primera a la segunda presidencia de Roca, es decir, con el apogeo de la oligarquía liberal, hay en ese intersticio una serie de elementos que empiezan a manifestarse como síntomas primigenios de un núcleo conflictivo en el ámbito de lo social que irá revelando su presencia efectiva en el plano de la literatura.

Dijimos que la generación del 80 —régimen político liberal en lo económico y en sus formas institucionales, pero oligárquico en su funcionamiento político— se había propuesto consumar de una vez el programa de las Bases. Y, efectivamente, bajo la presidencia de Roca “se había comportado una modificación profunda de las relaciones económicas y de la estructura social, así como un acelerado proceso de urbanización de Buenos Aires y el área litoral”[18]: la inmigración —como dato más visible— “había llenado de extranjeros y de hijos de extranjeros la ciudad” y esta presencia “era observada con aprensión creciente dentro de la élite de ‘viejos criollos’”. Con ella se había pretendido no sólo “poblar el desierto” sino también “borrar los hábitos que se identificaban con el caudillismo y la barbarie rural”.

Sin embargo,

la inmigración llegaría a la campaña en escasa medida. El monopolio de la tierra en manos de grandes propietarios locales obstruía el proceso de colonización rural y transformaría la radicación del inmigrante en un dato predominantemente urbano. Durante décadas los extranjeros sobrepasarán en número a los habitantes de Buenos Aires y tendrán un peso decisivo en la composición demográfica de las principales ciudades del litoral[19]

En este contexto, y catalizadas por la crisis financiera de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires bajo la presidencia de Juárez Celman, surge un conjunto de novelas fuertemente influenciadas por el naturalismo[20] que toman por objeto a la inmigración (Abismos, Quilito, Horas de fiebre, Grandezas, Quimera, La Bolsa) y que intentan dar cuenta de esa sincronía histórica desde una óptica fuertemente positivista. De todas ellas, La Bolsa (1890) de Julián Martel, es el ejemplar más representativo tanto por sus particularidades textuales como por su grado de incidencia social. A través de ella, el autor —que además era periodista de La Nación— realiza una profunda crítica al liberalismo financiero del régimen juarista y la figura de “la Bolsa” (símbolo de la especulación) condensa “todos los males de la ciudad”.

Pero cabe preguntarse ¿quiénes son los personajes históricos sobre los que tradicionalmente han recaído las “culpas” por la especulación? ¿Qué grupo social aglutina imaginariamente las responsabilidades por tales efectos? Porque vale recordar que Martel

comienza su novela sin saber plantear una explicación que de alguna manera organice el caos que vivía el país bajo Juárez Celman; la ineficacia frente a la realidad de 1890 de las pautas a las que siempre había adherido, en un comienzo lo desconcierta. El liberalismo como proyecto y oposición, como “no”, había parecido libertad; codificado se convertía en desbarajuste, en escolástica y contradicción[21]

Es decir, Martel señalará a los judíos —condensados en la figura del Barón de Mackser— como únicos responsables de la “fiebre” de la especulación y, en última instancia, del estado corrompido y condenado de Buenos Aires pero nunca asumirá que quien ha empujado a la ciudad hacia ese ritmo frenético es la misma clase dirigente que, hacia 1890, consideraba que “el progreso no sólo era indefinido sino también indudable”. Y así, “los hombres en la calle o los hombres en la Bolsa chapotean en ese ritmo”: nadie se salva de la “perdición general” y la ciudad entera sucumbe ante “la borrachera general de los negocios”.

De la “Atenas del Plata” soñada y prometida por los hombres del 37 a una “Sodoma” enferma y terminal. Ya no se trataba de un apellido solitario y temible —señala Viñas aludiendo al nombre de Rosas— sino que ahora la culpa era urbana, “todo un catastro”; “solo una lluvia de fuego podía rescatarla”. El eje de todas estas actitudes hostiles ante la presencia de la inmigración (resultado, vale la pena recordarlo una vez más, del proyecto liberal de los hombres del 80) es el malestar de los “antiguos señores” frente a los “recién llegados que “avanzan exigiendo y desplazando”.

Cambaceres impugnaba la sangre de los inmigrantes (“De cabeza grande, de facciones chatas, ganchuda la nariz, saliente el labio inferior, en la expresión aviesa de sus ojos chicos y sumidos, una capacidad de buitre se acusaba”): Martel, exacerbando una tendencia general, centra su acusación en los judíos a los que probablemente ni conoce, pero que idealmente son los más extranjeros, los extranjeros por antonomasia. Carente de esa realidad histórica, echa mano de una construcción polémica de origen libresco utilizándola como ilustración y contrapartida de los valores que defiende. Velado el conflicto social y económico, lo más evidente es el idioma, la raza, y su denuncia, que hubiera debido apuntar al capitalismo en expansión, se deforma y se anula en una falsa y —claro está— fácil encarnación[22]

VI

Estamos en 1900. Dentro de diez años cumpliremos nuestro primer centenario y las cifras nos favorecen ampliamente: aumentan las exportaciones agropecuarias, se amplía la extensión de las vías férreas; las instituciones de la sociedad se secularizan de cualquier resabio colonial (y clerical) y el capital extranjero, luego de la crisis de 1890, vuelve a mostrarse confiado en el orden de nuestra república. Este, sin dudas, podría haber sido el comentario exacto de una charla de club entre dos señores de la época. Sin embargo, con el “espíritu del Centenario” había algo que paralelamente comenzaba a preocupar, porque

los cambios habían introducido también las tensiones, los conflictos y el tipo de lucha de clases del mundo capitalista. La protesta obrera, el anarquismo, el socialismo. También las demandas y las presiones de las clases medias por democratizar el régimen político y los canales de acceso a las instituciones culturales. Hacia 1910, la cuestión de la identidad nacional se hallará entretejida con el eco de esta nueva realidad[23]

Todos estos datos —modernización, secularización, inmigración, dicen Sarlo y Altamirano— “extendieron su impulso transformador hasta la esfera de las actividades intelectuales”, influyendo fuertemente en la conformación de un “campo intelectual”, donde la función del escritor adquiere rasgos profesionales. Mediante este proceso, la literatura se distancia de la actividad política logrando ciertos márgenes de autonomía respecto de un “aparato cultural controlado hasta ese entonces por la oligarquía”.

De esta manera se rompe con una tradición que había caracterizado a la literatura argentina desde su nacimiento (homologación escritura-política), si bien los núcleos de poder y prestigio —como el diario La Nación— se mantienen incólumes y continuarán siendo importantes instrumentos de cooptación de los jóvenes intelectuales. Como ha señalado Viñas,

el tránsito visible entre el apogeo de la oligarquía y el período posterior de repliegue de la élite liberal hasta el advenimiento del radicalismo al gobierno en 1916, se va subrayando significativamente por el fin del liderazgo de los gentlemen-escritores hacia una profesionalización del oficio de escribir, por un desplazamiento del predominio de los escritores con apellidos tradicionales hacia la aparición masiva y la preeminencia de escritores provenientes de la clase media y, en algunos casos, de hijos de inmigrantes[24]

Se pasa de “formas tradicionales” a “formas modernas” de concebir a literatura; la labor literaria “va dejando de ser una forma de esparcimiento de generales y doctores para convertirse en una profesión libre”. Más que un tipo de vínculo real (material) entre los escritores y el proceso de producción-venta de la obra—es decir, de una ecuación regulada por las reglas del mercado donde los escritores perciben un salario por la venta de su producción— se trata antes de una identificación social del escritor con su tarea[25] (y que en Argentina tendrá su correlato estético en el “modernismo” que inaugura Rubén Darío) Asimismo, el sistema aristocrático todavía condiciona el acceso a los aparatos culturales; y si bien “Ingenieros podía frecuentar diariamente, durante meses, el Jockey Club” su solicitud de ingreso recibiría finalmente la “bolilla negra”.

No obstante, también es válido señalar que

En el desarrollo de las nuevas formas de sociabilidad intelectual, la Facultad de Filosofía y Letras pasó a desempeñar un papel importante, lugar de contactos, fuente de trabajo, acceso a los libros (muchos de los jóvenes escritores carecían de bibliotecas familiares), comunicación con los consagrados. Las dimensiones exiguas del medio literario facilitan estos contactos: la relación entre los consagrados y los nuevos tiene una inmediatez que informa sobre la precaria estratificación del campo intelectual[26]

En este contexto, aparecen en escena Ricardo Rojas, Manuel Gálvez y Leopoldo Lugones —tres jóvenes “hidalgos de provincia” como los ha llamado Viñas— en cuyas figuras puede resumirse un fenómeno ideológico que ha sido denominado como “nacionalismo cultural del Centenario”. Parte de este campo intelectual todavía en formación, estos tres escritores centraron su producción en torno la cuestión de la identidad nacional, reflexionando sobre temas como la historia de la literatura argentina y el debate sobre el significado del Martín Fierro (“inaugurando el capítulo de la crítica culta sobre el poema de Hernández”, hasta ese entonces menospreciado en su valoración artística), fundamentalmente.

Otro componente importante del clima ideológico de 1910 fue el “hispanismo”, la “reconsideración de la herencia española” fruto de los cuestionamientos a la política liberal de la generación anterior y síntoma emergente del “antiamericanismo” que reinó por estas latitudes luego del conflicto hispano-estadounidense de 1898. Este “viraje respecto de la tradición liberal decimonónica” permitirá una revisión del pasado y alimentará un nuevo mito: el de la raza. La influencia de esta nueva actitud será explícita en algunos escritores como Rojas o Gálvez que reclamarán un “renacimiento del ‘alma nacional’”. A lo que debe sumarse la aparición del Ariel de Rodó, un libro que se presentaba como un “mensaje a la juventud de América” y que impugnaba a la “civilización triunfante en los Estados Unidos, utilitaria y volcada a la búsqueda del progreso material”; y donde “se conjugan el mensaje moral del cristianismo con el espíritu armonioso de la cultura griega”.

Las últimas dos décadas (1890-1910) habían puesto en circulación un conjunto de significaciones ideológicas, una suerte de legado intelectual y literario, con las que se identificará un segmento del campo intelectual en formación. Es decir que las novedades de la reacción nacionalista del Centenario y los mitos culturales y literarios que generaría, se insertan en una secuencia donde las imágenes y valores depositados implicaban, en muchos casos, un viraje respecto de los que presidieron la construcción de la Argentina moderna. Así sucedería, por ejemplo, con la imagen de la inmigración que, de agente de progreso, se transformaría en portadora de una nueva barbarie[27]

Inversión de la dicotomía sarmientina civilización-barbarie, por tanto; y si en el programa de los primeros románticos el campo y la tradición eran vistos como lo “atrasado” y lo “bárbaro”, el conflicto se desplazará ahora a la otrora meca del “progreso” y la “civilización”. Y la vieja élite de señores empezará a añorar “lo pasado”, es decir, lo “criollo”; en definitiva, lo “nuestro”.

“Debo decir que en nuestra ciudad fermenta ya una crecida cantidad de pasiones colectivas que tienden a tomar forma, a tomar cuerpo”, insiste (Joaquín V.) González. El liberalismo tradicional había necesitado de la inmigración, pero los inmigrantes trajeron “todos los vicios sociales que fermentan en Europa”. El símil biológico era previsible: enfermos los inmigrantes, cargados de virus “en la sangre” como veinte años antes había ficcionalizado Cambaceres, envenenado el cuerpo social, la enfermedad se había declarado: clases medias revolucionarias, proletarios, huelguistas. Resultaba peligroso vivir en la ciudad infectada. Era la crisis de la ciudad señorial[28]

Este fenómeno se verifica claramente en los desplazamientos que sufren algunas palabras, como es el caso del término “criollo” que de representar lo “primitivo” tanto para los jacobinos de mitad del siglo XIX como también para los hombres de la generación del 80, será reapropiado por los intelectuales del Centenario y cobrará un sentido positivo al contraponerse al de “gringo” o al de “inmigrante”. Ahora, según Sarlo y Altamirano, lo criollo connotará “generosidad, desinterés e, incluso, cierta disposición para la vida heroica” —¿Remember los compadritos metafísicos de Borges?—y se contrapondrá al “afán de lucro” y la “mezquindad” de los recién llegados. Lo mismo ocurre con vocablos como “tradición” (Mansilla, en sus Memorias de 1904, aspira a que ésta no desaparezca ante la eliminación del “gaucho”, del “desierto” y de la “aldea”) o “progreso” (que de designar al “orden” con que se debía organizar al país en 1880 será ahora sinónimo de “cosmopolitanismo irresistible” y de “potencia igualatoria de pueblos, razas y costumbres” que “concluirá por abrir cauce a lo monótono y vulgar”, para Rafael Obligado).

Ahora bien —se interrogan los autores de Ensayos argentinos— ¿quiénes, dentro del campo intelectual podían ser más sensibles a este legado de significaciones? “Aquellos cuyo origen social y familiar predisponía a vivir de modo más espontáneo y natural el conjunto de valores depositados en la herencia”: es decir, un Rojas, un Gálvez o un Lugones. “Los tres podían repetir los versos de éste último: ‘Feliz quien como yo ha bebido patria, / En la miel de su selva y de su roca’”. El problema lo tenían quienes no disponían de ese linaje hereditario que los haga “auténticos hijos de la patria”, portadores de la raza gaucha[29].

El ejemplo paradigmático de elaboración de este mito de una “sólida tradición nacional frente a la amenaza de la invasión disolvente” es, sin duda, el movimiento de revalorización del Martín Fierro por parte de Lugones. La “nueva lectura” del poema de Hernández no sólo fue la “transfiguración mitológica” de nuestro gaucho (convirtiéndolo en “arquetipo de la raza”) sino también para “establecer el texto fundador de la nacionalidad”. La serie de conferencias de 1913 (luego editadas bajo el título de El Payador) en las que Lugones (re)presentó a la figura de Fierro son, en palabras del sociólogo Horacio González, “una obra cumbre de la ensayística argentina, el mayor intento de imaginar una mito-poética que gobernase los asuntos públicos”[30]

Si el texto de Hernández contenía el secreto de la nacionalidad, volver sobre él significaba resucitar esa verdad primordial, pero ya no únicamente para evitar que el “gaucho simbólico” se eclipsara frente a los cambios que el progreso introducía. También para afirmar, a través del mito de origen, el derecho tutelar de la élite de los “criollos viejos” sobre el país. Derecho que los recién llegados aparecían impugnando[31]

¿Y quién mejor que la figura del escritor para ejercer, por delegación, este derecho?, se preguntan estos autores, comprendiendo a la “misión del artista” como “un tema mediante el cual el escritor legitimaba simbólicamente su nuevo lugar en la estructura social”.

Decir la verdad de los orígenes, fundar la tradición, espiritualizar el país. “Son los escritores, y especialmente los jóvenes, quienes realizan esta obra de evangelización”[32]

Asimismo, vale la pena mencionar que muchos de estos jóvenes intelectuales que forjaron sus primeras armas al calor de las ideologías de izquierda fueron siendo cooptados por operadores del poder (como es el caso del ministro roquista Joaquín V. González que sedujo a Ingenieros y Lugones con su proyecto de Código de Trabajo) o por los aparatos culturales aún controlados por la ideología liberal[33], como el diario La Nación. Refiriéndose al caso de Emilio Becher (otro joven escritor que comenzó su carrera “de rebelde”, defendiendo “la vocación del ideal”, y terminó siendo “hombre de La Nación”, precisamente), Viñas sentencia:

En el proceso de profesionalización de la literatura se verá, entonces, el tipo de escritor dependiente de la élite más virulento en sus defensas del grupo que los propios miembros tradicionales. Resulta coherente que la imagen del Tío Tom o del “criado favorito”, respetuoso, puntual, capaz y que “sabe cuál es su lugar” sea reivindicada e identificada con el pueblo argentino por este tipo de intelectual[34]

Es así como puede entenderse el papel que se le atribuyó a los escritores de ese período en la definición de una “identidad nacional”, la discusión en torno al significado no sólo literario sino también social y político del Martín Fierro y la creación de una cátedra de “literatura argentina”.

VII

Hasta el momento, venimos rastreando mediante cierta evidencia los distintos “puntos de emergencia” en que la conflictiva noción de identidad nacional se pone de manifiesto en el terreno específicamente literario. Hemos llegado hasta 1910, cuando este proceso se verifica de manera nítida en un somero examen del funcionamiento del campo intelectual argentino. Pero ¿podemos aseverar que este es el gesto final de una clase social por asegurar sus márgenes de maniobra y funcionamiento a través de la definición estricta (y excluyente) de una “identidad nacional” desde la literatura? ¿Qué pasará de ahora en más dentro de este “campo intelectual” cuando la identidad nacional pase a ser objeto de debate precisamente al interior de este grupo y se convierta en el eje de una discusión simbólica y estética en el plano de nuestra propia lengua?

Si dijimos que con la profesionalización de la literatura ésta se escinde de lo estrictamente político y logra configurar un campo de acción con ciertos márgenes de autonomía en el orden cultural, las discusiones que se susciten de aquí en más sobre el tema de la nacionalidad se ceñirán precisamente a este campo en particular. Para referirnos a este fenómeno en concreto debemos mencionar previamente que hacia la mitad de la década del veinte —más precisamente con la aparición de la revista Martín Fierro, en 1924— se configura dentro del campo intelectual argentino la primera vanguardia literaria, entendida ésta como “una forma de ruptura estética específicamente moderna”[35]. No obstante,

“La ruptura de la vanguardia, lejos de ser específicamente estética, y aun cuando reclame esa especificidad, afecta al conjunto de las relaciones intelectuales: las instituciones del campo intelectual y las funciones socialmente aceptadas de sus actores. En suma, todas las modalidades de la organización material e ideológica de la producción artística son afectadas por la vanguardia. Pero, antes de ser afectadas, la hacen posible. ¿Cuáles son las condiciones de surgimiento de la vanguardia? Precisamente la existencia más o menos desarrollada de un espacio cultural cuyas formas e ideología la vanguardia va a poner en cuestión. La trama del campo intelectual presupone y anuncia su vanguardia”[36]

De esta manera —y siguiendo a estos autores— podemos ver que la aparición de una vanguardia estética no eliminó estas discusiones ideológicas en torno a la cuestión de la identidad sino que no hizo más que desplazarla hacia adentro del mismo campo intelectual del cual había surgido. Y esto fue posible gracias a un proceso inaugurado por el “modernismo” en el orden de los imaginarios de los artistas:

(...) el café reemplaza al club o el salón; la camaradería entre iguales, a las relaciones donde los compromisos políticos se tramaban con el parentesco. Nuevas figuras de escritor aparecen correlativamente: el bohemio, el malogrado, las jóvenes promesas. En consecuencia, el campo de estas relaciones secreta su ideología: los escritores comienzan a planear su actividad dentro de los marcos de la “vida del artista”, con un proyecto creador que se esfuerzan por hacer público editando regularmente[37]

Secretada pero no desaparecida, la ideología de Martín Fierro remarcará su perfil y sus límites cuando el tema de la nacionalidad vuelva a ser puesto sobre el tapete: sobre ese punto emergerán sus estrecheces ideológicas como síntomas del cuestionamiento radical que le plantea la inmigración como dato fundamental en el campo cultural.

Ocurre que desde 1915 había prosperado en Buenos Aires una industria cultural que producía literatura para sectores medios y medios-bajos (núcleos sociales que eran engrosados día a día con la llegada de inmigrantes), con “tiradas relativamente altas” de ediciones semanales a precios accesibles. Estas editoriales no sólo publican literatura de folletín, novelas sentimentales o de aventuras, sino que también llegan a editar a escritores argentinos como Horacio Quiroga o Ricardo Güiraldes. Sobre el final de ese apogeo, en 1922, aparece “Los Pensadores”, colección que publicará literatura francesa y rusa, fundamentalmente, y que prefigurará el surgimiento de los “escritores sociales” del grupo de Boedo.

En este contexto, debemos señalar que la vanguardia martinfierrista —al igual que las vanguardias europeas del momento— mantendrá una conflictiva relación con la “industria cultural”. Como movimiento provocativo en el plano de las letras, ellos opondrán una “verdad estética” (burlándose de la tradición y recuperando a escritores rechazados por el mercado, como Macedonio Fernández) a una “verdad mercantil”, a una “moral del mercado” (en realidad, a la lógica lucrativa del mercado identificada de esta manera): para los martinfierristas, el éxito editorial no presupone calidad artística. De esta manera, y “proclamando la necesidad de hacer surgir un nuevo tipo de lector”, lograrán dividir al mercado editorial entre un público “filisteo” y un público de escritores, que ellos reclamarán para sí mismos.

Por lo tanto, y siguiendo este razonamiento que distingue un consumo cultural alto y uno bajo, se concluye que “hacer dinero con la literatura” es algo que estará asociado directamente con el “origen de clase” de los escritores. Así, a la dicotomía lucro-arte le seguirá su correlativa escritores argentinos-escritores inmigrantes, evidenciando una vez más el estrecho margen que separa la actividad literaria de la vida política:

La literatura de la “novela semanal” (arquetipo de literatura ‘baja’) tiene una poética que, definida por la presión del mercado, revela su origen. Escrita según una típica “deformidad de pronunciación” donde puede rastrearse al inmigrante, Martín Fierro retorna a propósito de ella el tema de la pureza lingüística como prueba de su disposición ‘natural’ para la cultura y el arte (...) Dos tipos de escritura y también dos públicos: los que son “argentinos sin esfuerzo”, porque no tienen que disimular ninguna “pronunzia exótica” y los que, por su origen y por su lengua, no pueden reivindicar una larga tradición nacional[38]

Nuevamente una lucha ideológica escondida bajo el velo de una disputa estética: la oposición lucro-arte no es más que la vieja disputa argentinos-inmigrantes; y la “violencia” con la que ésta se ejerce dentro del campo intelectual no hace más que evidenciar el carácter sintomático de una tensión fundamental en el orden social (y sólo aceptando este supuesto es cómo puede entenderse el desdén de Martín Fierro por un escritor como Horacio Quiroga, quien “no es hijo de italianos ni tiene que disimular una lengua que no le es ‘natural’” pero sí ha tenido gran aceptación a nivel del público) “El liberalismo como proyecto y oposición, como “no”, había parecido libertad; codificado se convertía en desbarajuste, en escolástica y contradicción”, decía Viñas en referencia a la novela de Martel de 1890: las comparaciones entre una sincronía y otra quedan a juicio del lector.

VII

¿Por qué la problemática del nacionalismo cultural es tan persistente en la Argentina?, se preguntan los autores de Ensayos argentinos. Para encontrar posibles respuestas (porque de lo que se trata es de encontrar múltiples factores que incidan en esta problemática, desde ya) quizás deba iluminarse el revés de trama de la propia literatura e indagar los procesos sociales y las luchas concretas (simbólicas y materiales) de los grupos sociales por imponer sus proyectos dentro de los confines de nuestro Estado-nación.

A lo largo de este itinerario, intentamos reflejar las principales tensiones que se dieron en el plano de la literatura (y, por extensión, en el orden la cultura argentina) teniendo como eje la disputa por una auténtica identidad nacional. “Civilizados” y “bárbaros”; “criollos” e “inmigrantes”; auténticos “hablantes argentinos” versus hablantes de la lengua por adopción, no han sido más que distintos términos de una disputa simbólica y política que se ha actualizado con cada coyuntura histórica y que ha tenido como sempiterno trasfondo a una sociedad atravesada por múltiples proyectos y contradicciones. Son estos datos los que asaltan a la literatura y la ubican como telón de fondo en una querella por la definición de un sentido totalizante en el plano de lo social.



[1] Al respecto, dice Viñas: “La referencia europea está allí, dramática y análoga: en 1830, en el 48, en los países sometidos como Polonia, Hungría, Italia y Grecia, el romanticismo es sinónimo de nacionalismo y las figuras que lo encarnan —un Mazzini o un Byron— son homologadas a través de la literatura con héroes de la liberación frente a los centros de autoritarismo político como el imperio Habsburgo o el Otomano”. Literatura argentina y política I. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista, Santiago Arcos, 2005. P. 15.

[2] Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia. Ed. Ariel, 1997. P. 26. La cursiva es mía.

[3] Literatura argentina y política I. P. 16.

[4] Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, Ensayos argentinos. P. 31. La cursiva es mía.

[5] Sobre este punto sigo el planteo del sociólogo Eduardo Grüner cuando señala: “(...) de una ‘cultura nacional’ opuesta a los valores metropolitanos tradicionales pero inspirada en nuevos valores metropolitanos (la ‘modernidad’, el racionalismo, el positivismo o el liberalismo francés y anglosajón), se pasó en otros casos a la idea de una ‘cultura nacional’ resistente a esos valores ‘nuevos’, en la medida en que vehiculizaban ideológicamente también nuevas formas de dependencia, neocolonialismo o por lo menos heteronomía. Esa resistencia tuvo sus vertientes de ‘derecha’ -nacionalismo autoritario cerril restaurador de las tradiciones hispánicas y refractario a toda ‘modernidad’ aunque fuera pretendidamente racionalista/ iluminista- o de ‘izquierda’ -antiimperialismo más o menos populista que no cuestionaba la modernidad como tal pero discutía su funcionamiento al servicio de los intereses de las nuevas metrópolis y de las fracciones de las clases dominantes locales que hacían de ‘correas de transmisión’ para aquéllas”. La rama dorada y la hermandad de las hormigas. La ‘identidad’ argentina en Latinoamérica: ¿realidad o utopía?, en FILOSOFÍA POLÍTICA CONTEMPORÁNEA. CLACSO, 2005. P. 350.

[6] Eduardo Grüner, obra citada. P. 349.

[7] En 1821, el padre Castañeda escribía que nuestra Revolución “no se redujo más que a reformar nuestra administración corrompidísima, y a gobernarnos por nosotros mismos en caso que Fernando I no volviera al trono. (...) La revolución así concebida no tenía el menor odio hacia los españoles, ni la menor aversión contra sus costumbres, que eran las nuestras, ni mucho menos contra su religión que era la nuestra. Pero los demagogos, los aventureros, impregnándose en las máximas revolucionarias de tantos libros jacobinos, empezaron a revestirla de un carácter absolutamente antiespañol (...). Citado por Jorge Lanata en ADN, Págs. 77-78.

[8] y 9 Eduardo Grüner, obra citada. P. 351.

[10] Literatura argentina y política I. P. 123.

[11] Literatura argentina y política I. P. 136.

[12] Ibídem.

[13] Literatura argentina y política I. P. 152. La cursiva es mía.

[14] Ibídem. P. 153.

[15] Literatura argentina y política I. P. 166.

[16] Citado en Literatura argentina y política I. P. 201-202. La cursiva es mía.

[17] Ibídem. La cursiva es mía.

[18] Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, Ensayos argentinos. P. 162.

[19] Ibídem. P. 166.

[20] El naturalismo es una corriente estética de origen francés (Zolá) que establece que la composición literaria debe basarse en una representación “objetiva y empírica” del ser humano. Los escritores naturalistas consideran que el instinto, la emoción o las condiciones sociales y económicas rigen la conducta humana, rechazando el libre albedrío y adoptando en gran medida el determinismo biológico de Darwin. En Argentina, surge como contraparte del “dandysmo” de los gentlemen-escritores como Mansilla aunque personajes como Cambaceres o Martel han invertido su origen antiburgués para atribuir las “causas todos los males” ya sea a los “hijos de los inmigrantes” o a un grupo en particular: los judíos.

[21] Literatura argentina y política I. P. 203.

[22] Literatura argentina y política I. P. 219.

[23] Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, Ensayos argentinos. P. 167.

[24] David Viñas, Literatura argentina y política II. De Lugones a Walsh. Santiago Arcos, 2005. P. 8-9

[25] Al respecto, Sarlo y Altamirano alegan: “Raymond Williams, describiendo los cambios que en la mayoría de las literaturas europeas ocurren con el romanticismo (y que en América latina son contemporáneos del modernismo y del posmodernismo) afirma: ‘Es un hecho comprobado que en el mismo período durante el cual el mercado y la idea de producción especializada reciben un énfasis especial, surge también un sistema de pensamiento acerca del arte cuyos elementos más importantes son, en primer lugar, el acento colocado sobre la naturaleza especial de la actividad artística en relación con una ‘verdad de la imaginación’, y en segundo lugar, la consideración del artista como tipo especial de persona”. Ensayos argentinos. P. 172. La cursiva es mía.

[26] Ibídem. P. 177.

[27] Ibídem. P. 183. La cursiva es mía.

[28] Literatura argentina y política II. De Lugones a Walsh. P. 15

[29] Al respecto, es interesante ver el cuestionamiento efectuado por Roberto Giusti a las ideas centrales de La restauración nacionalista de Ricardo Rojas en la revista Nosotros, año IV, de 1910.

[30] En el diario Clarín, 26/9/1999.

[31] Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, Ensayos argentinos. P. 188. La cursiva es mía.

[32] Ibídem.

[33] Respecto de la relación entre los intelectuales “revolucionarios” y la ideología oficial, Viñas sostiene: “Una ideología pretendidamente renovadora, desconectada de sus carencias reales, sólo sirve para ratificar la ideología oficial al conjugar su tolerancia sin marcarle sus límites. Con otras palabras: el pensamiento de la mayoría de los intelectuales argentinos entre 1900 y 1910 difícilmente podía completarse en una praxis auténtica; su revolución, la que declaraban algunos y a la que otros aspiraban, no trascendía el plano de lo imaginario. Más aún: esta revolución simbólica podía ser tolerada por la clase dirigente. Y más todavía: la oligarquía liberal del 900 se sentía capaz de anexarse a un revolucionario que por su irrealidad resultaba retórico hasta convertirlo en un aliado entusiasta, en un sometido más o menos domesticado o en su vocero”. Literatura argentina y política II. De Lugones a Walsh. P. 74. La cursiva es mía.

[34] Ibídem. P. 43. La cursiva es mía.

[35] Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, Ensayos argentinos. P. 211.

[36] Ibídem. P. 213. La cursiva es mía.

[37] Ensayos argentinos. P. 214. La cursiva es mía.

[38] Ensayos argentinos. P. 231. La cursiva es mía.

No hay comentarios: