lunes, 12 de noviembre de 2007

GH y el efecto de las 'pantallas'

Esta entrevista fue realizada durante el mes de octubre de 2007 en el marco de la elaboración de un informe sobre el fenómeno de expectación televisiva en torno al reality show Gran Hermano. La entrevistada es Doctora en Ciencias Sociales por FLACSO, además de docente de Comunicación Social e investigadora en esa materia.


Sandra Valdettaro – Respecto de las teorías de la comunicación, tendríamos que contextualizar (al fenómeno asociado a la transmisión de GH) dentro de lo que es el período actual de mediatización que básicamente se caracteriza como una mediatización icónico-indicial, que remite a un tipo de vínculo que se establece a partir de las pantallas que tiene que ver con interpelaciones emotivas y afectivas. Eso remite a la clasificación pierciana entre símbolo, ícono e índice. Entonces, lo que serían los dispositivos de pantalla —y, básicamente, el directo televisivo— estaría ubicado dentro de lo que sería una dimesión indicial de los discursos, en el sentido de que eso produce un tipo de contacto identificatorio, emotivo, pasional.

Desde el punto de vista de la expectación, de lo que sería un análisis en recepción de este tipo de programas, creo que lo que básicamente se ocurre son procesos identificatorios con los públicos que van participando en el sentido de ir tomando partido por unos u otros de acuerdo a los tipos de personajes que van estableciendo en la casa. Me parece que aca sirve bastante la conceptualización goffmaniana del self en términos de actor y personaje, de cómo ahí hay distintas máscaras que los personajes van adquiriendo y que van adoptando en relación a las respuestas del otro. Y también algunas cuestiones fenomenológicas como la reciprocidad de perspectivas: siempre se puede ver hasta que punto eso funciona o no al nivel de la interacción, en el sentido de si efectivamente se dan algunos presupuestos que tienen que ver, por ejemplo, con presuponer que el otro va a actuar de la misma manera que uno si uno estuviera en esa situación. Entonces todo el nivel de la previsión y de la organización de los vínculos es muy rico para analizar eso, independientemente de lo que se dice habitualmente en relacion a la cuestión voyeurista que evidentemente funciona y remite al viejo cotilleo de barrio, en el sentido que repone un imaginario que tiene que ver con el placer de regodearse con la vida de los otros, que es un viejo placer de la modernidad. Eso remite indudablemente a la condición humana, al deseo de la mirada.

Creo que lo que la TV viene a agudizar es un aspecto constitutivo de la condición humana y que tiene que ver con el deseo de mirar, que es algo que no tiene límite. No hay límites para el deseo de mirar. A esto ya lo tematizaba San Agustín como uno de los aspectos de la concupiscencia del alma, que era la concupiscencia de los ojos. Cómo hay algo en el orden de la mirada que siempre quiere inscribir y ampliar el horizonte. Y por eso actualmente hay una caracterización general del sistema mediático —y, básicamente, de la estética de las pantallas— que tiene que ver con una lógica o una estética de tipo pornográfica, si se quiere, que muestra cada vez más. Pero yo ahí tiendo a pensar que hay complicidad con los públicos, que no es solamente una cuestión de estrategias comunicativas mediáticas del orden de la manipulación sino que hay un placer de los públicos puesto justamente en ese aspecto de la mirada que quiere ver cada vez más. Me parece que GH empalmaría con eso: meterse en la vida privada de los otros, en lo que es más íntimo; en ver como se actúa en esos niveles que no son públicos, que habitualmente están reservados a la mirada. Y la TV es un gran dispositivo que va ampliando continuamente el horizonte perceptivo de lo social.

–Se trataría entonces de un fenómeno para nada nuevo pero que es explotado por el medio...

– Sí, que es llevado a una diseminación y a una presencia social inusitada por el carácter masivo y penetrante que tiene la TV como dispositivo.

- ¿Y qué tipo de impacto te parece que puede tener eso a nivel de las subjetividades?

SV – Yo al impacto no lo veo desde el punto de vista de la manipulación, lo veo más desde el punto de vista del goce —del goce freudiano, psiconalítico— del deseo. Justamente del deseo de la mirada de los otros, de ponerse en posición de mirar a los otros. No me parece que tenga consecuencias a nivel de manipulación o de alineación: al contrario, me parece que es un juego y que por eso tiene que ver con el placer.

– Pero a nivel político, ¿no tiene que ver con una idea ‘posmoderna’, en el sentido de que remite a una idea de sujeto-espectador pasivo, sentado en su casa?

– Bueno, eso depende de la epistemología en la que uno se ubique. Para mí, los espectadores nunca fueron pasivos porque la expectación televisiva —y en este sentido, yo soy más bien macluhaniana— presupone una actividad perceptiva y cognitiva muy fuerte. El hecho de que uno esté físicamente quieto no significa que no esté trabajando neuronalmente muy profundamente. Y las interfaces actuales de pantalla, más todavía. Después si, me parece que a nivel concreto, público, la TV en general tiene distintas funciones. Porque así como produce espectadores poco participativos a nivel público también produce diseminaciones sociales y provoca un efecto imitativo fuerte que hace que la gente salga a la calle. Por ejemplo, durante los cacerolazos del 2001 intervinieron —a mi modo de ver— dos tecnologías del directo que provocaron esa gran movilización: una era, justamente, estar en tu casa y escuchar los cacerolazos del afuera. Esa es una tecnología del sonido, del directo. Y la otra era el directo televisivo, que transmitía en vivo la manifestación. Entonces, esas dos coordenadas de tecnologías del directo —el sonido ambiente sumado a la mirada directa de lo que pasaba en vivo— produjo un efecto imitativo muy fuerte.

Entonces, creo que a los medios hay que analizarlos contextualmente en relación a como van produciendo distintos fenómenos sociales. No es que sólo producen sujetos pasivos desde el punto de vista participativo sino que muchas veces, al contrario producen eventos políticos. Porque no hay que olvidar que un medio es una tecnología más una práctica social. No se puede analizar el medio sólo desde el punto de vista del artefacto sino cómo el medio es apropiado y es inscripto por los actores sociales en determinadas prácticas sociales, culturales y políticas. Eso es un medio de comunicación. Y eso va variando. Entonces ahí, lo que hay que estudiar es, en recepción, la diversidad de esos hábitos, de esas prácticas, de esos consumos de medios y cómo se va produciendo realidad. Distintos tipos de realidades, porque no es que hay una realidad homogénea que producen los medios.

SOBRE LA TELEVISIÓN

– La presencia de la TV es muy importante porque la TV tiene un carácter ritual muy fuerte y es efectivamente un organizador de la vida cotidiana. Y ese carácter ritualista, que está asociado a un determinado tipo de TV que es la TV abierta —que todavía puede seguir considerándose como ‘de masas’— sigue actuando mucho en países como los nuestros. Porque hay todo un debate en ese sentido entre ‘convergencia’ y ‘divergencia’ : estaríamos en un momento de convergencia mediática en producción, donde las tecnologías tienden a converger en un solo formato: por ejemplo, imaginemos la pantalla de los nuevos celulares que contienen todo tipo de formatos (protocolo de internet, reproductores de música, de video). Y por otro lado, lo que se está pensando es que esa convergencia en producción produce divergencia en recepción (N. d R. Esta hipótesis corresponde a las actuales investigaciones en materia de comunicación de Eliseo Verón).

La divergencia tiene que ver con que se está pensando un usuario ‘a la carta’ que produce prácticas divergentes que no son masivas, es decir, que hace su propio itinerario de consumos simbólicos que justamente posibilitan este tipo de dispositivos. Ahora, particularmente creo que esta es una mirada para ciertos tipos de contextos del mundo desarrollado. Me parece que en países como el nuestro —y sobre este punto yo difiero con Verón— si bien la tendencia global es a una divergencia en recepción como él plantea, en países como el nuestro donde hay tantas diferencia social y donde todavía se nota todavía cierta exclusión o imposibilidad de acceso a las nuevas tecnologías, la TV abierta sigue teniendo un carácter ritual muy fuerte y sigue organizando la vida cotidiana, con una presencia simbólica en lo social muy fuerte. Este no es un fenómeno que se vea tan nítidamente en Europa, por ejemplo. Por eso digo, esta idea de un individuo —que, si se quiere, no es más que la utopía liberal burguesa del individuo— que hace su propio consumo cultural, artístico, simbólico con absoluta libertad de decisión y voluntad, me parece que eso acá no sucede. Por el contrario, diría que a mayor grado de injusticia social hay más ritual televisivo. Porque el ritual televisivo repone simbólicamente aquello a lo que no se puede acceder. Y, por lo tanto, la TV abierta en países como los nuestros sigue teniendo ese componente ritual, de reparo de ciertos deseos y placeres, muy fuerte. Y GH entraría dentro de eso, justamente.

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